Recordando viejos tiempos…

…me doy cuenta de cómo es necesario mirar hacia atrás y rememorar el pasado, lecciones ya vividas para aprender, para enmendar errores, para ser mejor persona en todas las facetas, para disfrutar más de lo que se tiene, y mantener la esperanza y luchar por lo que no se tiene.

En estos últimos días, he tenido la oportunidad de recordar viejos tiempos, de ver antiguos amigos y visitar lugares en los que había estado ya antes. El jueves pasado, Carlos, Molpe y yo pusimos rumbo a Salamanca. La idea inicial era pasar unos días allí y, quizá, pasar a visitar luego otra ciudad. Pero uno aprende que la vida da muchas vueltas y no siempre puede uno hacer caso de los planes iniciales y seguir el camino marcado.

Salamanca es una ciudad realmente hermosa: medieval, casi atemporal. Entre los edificios antiguos, las dos catedrales, la Plaza Mayor, parece encerrar tiempos pasados, como líneas de un libro de historia antigua. Pasear por sus calles empedradas, a la luz de la luna, al lado de edificios que emanan siglos de tradiciones, historias, vidas, iluminados por luces blancas y ambarinas, es como vivir por un día en un sueño. Este fin de semana ha sido frío, nuboso, lleno de neblina, jornada de un largo puente, motivo que ha propiciado la ausencia de gran cantidad de gente que habrá regresado unos días a sus hogares. Es esa tranquilidad lo que me apasiona de Salamanca. En Madrid el ruido inunda las calles, mientras la gente camina, casi se podría decir que corre, de un lado para otro, como hormigas afanándose por realizar algún trabajo en su hormiguero. En Salamanca, sin embargo, se respira tranquilidad. Paseando por la noche, a lo largo del Puente Romano, iluminado por luces blancas, difuminadas por efecto de la niebla, se me recordaba algo fantasmagórico: no se veía un alma por la calle, tan sólo alguna pareja corriendo bajo el frío impenetrable, riendo, agarrados de la mano, o un hombre tomando fotografías con su cámara. La catedral se elevaba delante de nosotros, como un coloso de piedra y barro, construido durante siglos siguiendo un plan perfecto, donde cada piedra tiene su sitio, donde cada columna parece sostener lo insostenible, donde cada cristalera, cada lámpara, cada losa del suelo, han sido colocadas con precisión quirúrgica, con un esmero y una perfección casi impropias del ser humano. Cuando uno se encuentra ante tal despliege de belleza, se siente muy pequeño, casi insignificante, y comprende lo grande que es el ser humano, como la fe mueve montañas, como cada uno de nosotros necesita creer en algo.

El campus universitario, las residencias de estudiantes, la Pontificia de Salamanca, me traen a la memoria imágenes de películas, de momentos pasados, de cuando era más joven, de cosas que no he vivido pero siento como si así hubiera sido, de anhelos, de haber hecho cosas que no pude, de poder haber estudiado en una ciudad mágica, de haber conocido otras gentes, de cómo habría sido mi vida entonces. Esto me hace pensar que lo importante no es vivir la vida de cualquier manera, sino que es un regalo divino y hay que aprender a vivirla, de cómo ser feliz y comprenderse a uno mismo para poder hacer felices a los demás. Son estos momentos de tranquilidad, desconexión, compañía y soledad a la vez, los que me permiten dedicar algo de tiempo a pensar, a pensar en cosas en las que habitualmente no pienso.

No sólo ha sido un fin de semana de reencuentros con viejos lugares, sino de reencuentros con viejos amigos, a los cuales hacía mucho que no veía. He disfrutado de su compañía, y espero que ellos de la mía, de momentos de tranquilidad, de largas jornadas paseando, visitando monumentos, cafeterías y restaurantes, viendo mujeres hermosas por doquier, tomando fotografías, charlando de las cosas de siempre, de lo que tenemos, de lo que nos falta, de lo que esperamos pero no llega, de lo que llegó pero no esperábamos. Nada en especial, pero todo entrañable. Lo más importante, lo que merece la pena recordar de estos momentos es la buena compañía, para no olvidar, para aprender a dejar a un lado los problemas del día a día, esos que llevamos a cuestas, que nos atormentan a veces, que nos incomodan otras, y que tarde o temprano, acaban ahogándonos. Es cuando se agradece tener alguien con quien hablar, que escuche, que nos comprenda y comparta con nosotros sus problemas. Interrumpir la rutina, para descansar la mente y agotar el cuerpo, para mantener la cabeza ocupada con otras cosas, aprender a valorar lo que se tiene y a echar de menos lo que nos falta, disfrutar en compañía de amigos, aprehender lo que merece la pena y dejar marchar lo que no.

Sin embargo, a veces uno no es capaz de hacer ciertas cosas, de hacer lo correcto, de decir lo que piensa el alma o lo que siente la cabeza. Cambiar cuesta, y Dios sabe que lo intento, con todas mis fuerzas, pero no siempre lo consigo. Doy una imagen de alguien que no soy, y a veces me comporto como no quiero, sin saber del todo por qué, restándole importancia a cosas que sí la tienen, o pronunciando palabras equivcadas en el momento inoportuno, o peor aún, cuando callo pero en mi interior estoy deseando decir algo a gritos. El sábado teníamos una cena todos los viejos amigos, planeada desde hace tiempo. Yo debía haber ido a pesar de haber estado cansado. Debí hacer un esfuerzo, haber dejado a un lado mi estado anímico para compartir unas horas con ellos, mis amigos, que creo, de todo corazón, tenían ganas de verme, Sin embargo, por otro lado, me digo a mí mismo que podrán prescindir de mí, que al fin y al cabo, sólo soy “uno más” y pienso, egoístamente, que no soy importante. Pero lo realmente importante es no saber qué piensan, de sentir lo que sienten, de ponerme en su lugar y no sólo en el mío. Al fin y al cabo, eso es la entrega, la confianza, la dedicación, el amor hacia los demás, el sacrificio propio en virtud del prójimo.

Sólo espero aprender a comprender, a compartir, a valorar lo que realmente importa en esta vida: las personas. Es una lección que tengo pendiente, y creo que no hay nada más complicado a excepción de una cosa. Pero no será ahora cuando lo diga. Aún no estoy preparado.

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