Viaje a Mountain View

Es viernes 28 de octubre. Me levanto a las 6.00AM, listo para coger un vuelo rumbo a San Francisco, pasando primero por el aeropuerto de Londres. Me ducho, me tomo un par de yogures, reviso que todo está listo, y me dirijo con mis padres hacia la terminal 4 de Barajas. El trayecto en coche lo hacemos bastante rápido. No hay mucho tráfico, y una vez llegamos a la terminal 4 tenemos que dar un par de vueltas hasta encontrar el acceso al aparcamiento. Resulta que la entrada al aparcamiento se hace por la zona de Llegadas. Son las 6.45AM, minuto más, minuto menos.

El parking de la terminal 4 es bastante grande, y en cada planta existe un indicador electrónico que indica cuántas plazas disponibles hay. En cada plaza, colocado en el techo, hay un sensor y un indicador luminoso. El sensor detecta cuándo un objeto grande permanece cierto tiempo detenido, ocupando la plaza, y coloca el indicador luminoso en rojo. Cuando el vehículo abandona la plaza, el indicador se coloca en verde. No sé si funcionará con vehículos pequeños, como motocicletas, pero eso es otra historia.

Una vez aparcado el coche, nos dirigimos hacia la zona de facturación, y buscamos el puesto de British Airways. Una vez allí, la señorita que atiende al público me dice que, aunque en el billete indica que es un vuelo de British Airways, el trayecto hasta Londres está operado por Iberia. Sin embargo, no pone ningún inconveniente en facturar mi única maleta. Me indica, también, que es necesario adelantar la fecha de regreso a España en un día ya que, dado que no tengo un visado de permanencia en EE.UU., sólo puedo residir en dicho país un máximo de 90 días — según el programa Visa Waiver Program o Programa de Exención de Visado — por lo que debo regresar el día 26 de octubre, en lugar del día 27 de octubre como aparece en el billete electrónico. También me indica que no puede darme tarjeta de embarque para el vuelo que parte de Londres a San Francisco, y que tendré que obtenerla en el Transfer Help Desk del aeropuerto de Londres.

Una vez ajustado el billete y facturado el equipaje, me dirijo con mis padres, a través del puente que una la zona de facturación con las tiendas que hay al otro lado, a buscar un restaurante donde desayunar y hacer tiempo para esperar a mis amigos que, tan amablemente, van a venir a despedirse de mí en el aeropuerto. Vemos un McDonnalds, pero me parece tan triste desayunar en un sitio así que seguimos buscando. Por el camino, veo una tienda de telefonía y pregunto al encargado si disponen de convertidores de corriente. En EE.UU. utilizan corriente contínua AC a 110V y 60Hz, mientras que en Europa se utiliza corriente a 220V y 50Hz. El encargado de la tienda me dice que la mayoría de los cargadores y aparatos eléctricos modernos están preparados para funcionar en un rango de voltajes entre 100 y 240, y puedo comprobar en el cargador del móvil que así es efectivamente. En lo que no caigo en ese momento es en que los enchufes americanos utilizan patillas planas en lugar de patillas cilíndricas, y en algunos casos hasta conectores de tres patillas.

Encontramos un restaurante, abarrotado de gente, y con unos precios sangrantes: dos croissants, un café con leche, un zumo de naranja y un trozo de pastel de manzana nos cuesta cerca de los diez y ocho euros. Un auténtico robo a mano armada, y consecuencia del libre mercado: si no lo quieres, o te parece muy caro, no lo compres. Nos sentamos en una mesa, y al cabo de unos minutos, a eso de las 8.00AM, llega Alejandro. Me pega un abrazo que casi me rompe la espalda, y me deja sin aliento unos segundos. Como no quiere desayunar nada, empiezo a comer. Al cabo del rato llegaron Alfonso y Carlos. Nos ponemos a hablar, y el tiempo pasa rápido, hasta que son cerca de las 9.00AM y les digo que tengo que dirigirme hacia la zona de acceso, donde está el detector de metales. Mi avión sale de la terminal 4 satélite, y tengo que coger un tren subterráneo para dirigirme hacia la puerta de embarque. En la tarjeta de embarque no figura aún la puerta de embarque, pero sí que debo dirigirme hacia la zona de acceso de las puertas R, S, U.

Una vez en el pasillo improvisado y serpenteante que lleva hacia del detector de metales, me despido de todos. Primero de mis padres, luego de mis amigos. Alejandro me vuelve a dar un abrazo, y está nuevamente a punto de romperme la columna. Después un abrazo de Alfonso y Carlos. Casi se me saltan las lágrimas, no sé si de emoción o de tristeza, pero hago un esfuerzo y las contengo. Dicen que los hombres nunca lloran, pero yo he salido bastante femenino y lloro con mucho facilidad, sobre todo en momentos como éste. Mientras me dirijo serpenteando por el pasillo improvisado de cintas, hacia del detector de metales, observo cómo las figuras, cada vez más diminutas, de mis padres y mis amigos me saludan con la mano, y vuelvo a sentir un nudo, un vacío en el estómago, pero tengo que ser fuerte y seguir adelante. Una vez pasado del detector de metales, de dirijo rumbo al tren, siguiendo las indicaciones que guían R, S, U. Vuelvo la vista atrás y ya casi no veo mis padres. Veo cómo me hacen gestos con la mano, y me pregunto qué sentirán. Siento una mezcla de anhelo y esperanza.

Después de seguir las señales, ver el vuelo anunciado en una pantalla, y su correspondiente puerta de embarque (S45), me dirijo lo más rápido que puedo, tomo el tren subterráneo, subo escaleras mecánicas y llego al puesto de control de pasaportes donde hay una marabunta de gente y, en consecuencia, tardo una eternidad. Me asusto porque veo que el tiempo pasa y la hora del embarque se acerca inexorablemente. Salgo pitando, cruzando pasillos, andando sobre cintas transportadores para ir más rápido, y llego, afortunadamente con tiempo suficiente para embarcar en el Airbus 320 que me llevará rumbo al aeropuerto de Londres, London Heathrow Airport. Una vez dentro del avión, me toca pasillo, muy a mi pesar. A mi izquierda, una preciosa niña de unos doce años, con el pelo rubio como el oro y una mirada tímida. Junto a ella, la que creo que es su niñera, una mujer regordeta de Ecuador — al menos, por su acento — que lleva a un bebé niña precioso en los brazos. Detrás de nuestro asiento, los padres de ambas criaturas, demasiado cómodos, en mi sincera opinión.

El vuelo despega puntualmente, y transcurre sin incidentes hasta llegar al aeropuerto de Londres. Durante el descenso, la niña rubia de mi izquierda se queja de que le duelen los oídos, y la azafata le trae un vaso, creo que con hielo, para aliviarle el dolor. Antes de aterrizar, la tripulación nos indica que los pasajeros que estemos en tránsito deberemos dirigirnos hacia el Transfer Help Desk. Menuda lata. El aeropuerto de Londres es un sinfín de pasillos que giran a izquierda y derecha incesantemente, como un laberinto de túneles con paredes de cristal que permiten ver a viajeros esperando sentados, o caminando por otros pasillos paralelos. Pregunto a una señorita y me indica que debo dirigirme hacia la terminal 1. Una vez allí, encuentro una sala con varios puestos de diferentes compañías donde los clientes que no disponen de tarjeta de embarque pueden obtenerla. Para averiguar a qué puesto acudir hay unos monitores que así lo indican. Curiosamente, dos de ellos muestran la típica pantalla de un MS-DOS intentado arrancar Windows 95, tras cargar el controlador de CD-ROM y el MSCDEX.EXE. Desafortunadamente, el pobre MS-DOS se queja de un error en la comprobación de disco, y se queda esperando, patéticamente a que algo ocurra. Acudo al puesto de British Airways y me entregan mi nueva tarjeta de embarque. En ella sólo figura la terminal de destino, la terminal 1, y la hora del embarque, la 1.30PM, pero no la puerta de embarque. Me dirijo con calma hacia la terminal 1 internacional, y observo en los monitores que mi vuelo a San Francisco aparece anunciado, pero no la puerta de embarque. Me siento a esperar, y veo que delante mía hay tres asientos, más bien tumbonas, ocupados por viajeros. También veo detrás de mí a un hombre con un Apple PowerBook G4 12″ leyendo algo que parece un documento de Office, y enfrente a un oriental con un portátil de marca desconocida. A mi derecha, una mujer de color y el que creo que es su hijo, esperan pacientemente. Al rato, un chica se siente delante, y saca un portátil de su maleta. Lo enciende y puedo ver el triste logo de Windows XP, y lo que se me antoja un arranque casi eterno. Ella introduce sus credenciales y, aunque está algo lejos para leer su pantalla, veo cómo arranca lo que parece ser un programa de asociación con la red inalámbrica del aeropuerto. Me dan tentaciones de sacar el portátil, pero pienso que ni es una buena idea, y que puedo esperar. La chica arranca otro programa, saca una especie de calculadora del bolso, introduce unos números y después escribe otros. El típico sistema de autentificación en dos pasos, común en los bancos. Aparece un navegador en su pantalla y se queda un rato, casi extasiada, leyendo. Al cabo del rato, el niño de color que estaba sentado a mi derecha se tira un pedo monumental, y muchos de los que estamos sentados cerca de él no podemos disimular una sonrisa. Al fin y al cabo es un niño, y se les puede perdonar casi todo.

Después de esperar lo que se me antoja una eternidad, y más tarde de los esperado, aparece por fin anunciada la puerta de embarque. Es la 50. Veo un cuadro que indica el tiempo aproximado en llegar a ella. Según el cuadro, son 15 minutos. Miro el reloj y veo que voy tarde. El embarque empieza a la 1.30PM y son ya pasadas. Sigo recorriendo pasillos interminables, y llego por fin a la puerta de embarque. Está cerrada y ya hay gente esperando. Pregunto, y me dicen que aún no se puede embarcar. A través del cristal puedo ver el que será el avión en el que viaje: un Boeing 747, todo un mastodonte de la ingeniería, con un alcance de más de 11.000 Km y con capacidad para más de 300 personas repartidas en una planta y media. Espero lo que se me hace una eternidad, y ya por fin empiezan a embarcar personas con niños o ancianos y, después, el resto del personal.

Tardamos un rato en acceder al avión desde la pasarela móvil, y cuando entro, me encuentro con un interior enorme. Hay 3 filas de asientos. Las filas laterales tienen tres asientos adosados, y la fila central, cuatro. Cada asiento dispone de una pantalla LCD situada en el respaldo del asiento inmediatamente siguiente, y en el propio asiento, una bolsa de plástico con una manta, un cojín y unos auriculares. Mi asiento es el 41B, es decir, el asiento central, correspondiente a la fila izquierda, dejando las alas un par de asientos por delante. Justo a mi izquierda, en el asiento 41A, está sentada una chica morena, joven, con unas gafas finas de pasta, de unos 18 años, bastante guapa. Al cabo del rato aparece el pasajero del asiento 41C. Es una mujer rubia, de unos treinta y tantos, diría yo, y particularmente callada. De hecho, se pasó todo el viaje durmiendo, o con los cascos puestos, tanto que ni siquiera pude oír cómo era su voz en todo el viaje. Y hablando del viaje, al final salimos con retraso, sobre las 3.20PM, y casi treinta minutos de retraso. El vuelo se me ha hecho bastante largo y pesado. Con casi once horas de travesía, el avión ha recorrido casi nueve mil kilómetros, a una altitud y velocidad máxima de 32.000 pies (9753 metros) y 955 Km/h respectivamente. Durante gran parte del vuelo, he ido observando el mapa de situación, proyectado a través de uno de los canales de la TV integrada del avión. El trayecto es francamente curioso, y sobre el plano mundial, aparece como una parábola que comienza en Londres, pasa por Islandia, después Groenlandia, atravesando la parte oeste de Canadá, y llegando a San Francisco casi en línea recta hacia el sur.

Durante el viaje, han ocurrido cosas curiosas. Por ejemplo, al comienzo del viaje, nos han ofrecido algo de beber. En mi caso, una Coca Cola y, curiosamente, la chica que se sentaba a mi izquierda se pidió un JB con Coca Cola, algo que me ha sorprendido dada su corta edad (o eso es lo que me ha parecido). Otra de las cosas que me han sorprendido, gratamente, es la hermosa vista que puede apreciarse desde las ventanas situadas en la parte trasera del avión. De hecho, pude contemplar las formaciones montañosas y nevadas de Islandia, o las grandes superficies heladas y blancas de Groenlandia. De hecho, en una de las ocasiones que me he levantado para desentumecer las piernas, he estado un buen rato mirando por la ventana. Junto a mí, se encuentra un hombre, de mediana edad, que dirige un comentario al respecto de nuestra situación actual. Dice creer estar sobrevolando los EE.UU., a lo que yo contesto que muy probablemente sea la frontera entre Canadá y EE.UU. Mi respuesta se convierte en la mecha que hace comenzar una agradable conversación entre él y yo. Durante la conversación, hablamos de que se trataba de la primera vez que viajo a EE.UU., de lo grande que es el país en comparación con España, y de mi nueva situación laboral, así como de mi futuro en Google y en Suiza. El hombre se llama Thomas, y me comenta que él ha estado en Suiza, que Zürich es una ciudad preciosa y cara en partes iguales, y que ha conocido en el avión a un chica procedente de Barcelona que no habla muy bien el inglés. Tras un rato de conversación, se ofrece a presentarme a esta chica. Me lleva hacia la parte delantera del avión. Muy cerca del morro del avión — la cabina se encuentra la planta de arriba —, se sienta María, una chica rubia, delgada, menuda, de piel morena, con un bonito cuerpo. Cuando ve a Thomas, se dirige a él que procede a presentarme. Ella se levanta y comenzamos una conversación a tres bandas, parte en inglés, parte en español.

María viaja a Australia, concretamente a Brisbane, durante dos meses para mejorar su inglés pero, debido a un retraso en su vuelo desde Barcelona, perdió la conexión con Sydney vía Singapur, y ahora viaja hacia San Francisco, justo en sentido contrario. Thomas es un tipo realmente encantador, muy abierto, amigable, cordial, dicharachero, animado, y proclive a dar suaves palmadas en el hombro en señal afectuosa. Más tarde me enteraré que es misionero, pero en ese momento, me pareció el típico hombre medio americano, cordial y abierto. Nuestra conversación se prolongó bastante, y quizá en un tono alto, tanto que un hombre nos tuvo que rogar que bajáramos la voz: había niños durmiendo y creo que despertamos a algunos. La verdad es que había que hablar alto, ya que el ruido de los motores es bastante ensordecedor. Después, una azafata nos rogó que tomáramos asiento. La señal del cinturón se seguridad se había encendido así que, sin saber muy bien por qué, tomé rumbo hacia la parte posterior del avión, concretamente hacia mi asiento. Mientras me sentaba, observé a la joven del asiento 41A leyendo plácidamente. La verdad es que es preciosa. No me atrevo a decirle nada, pero lo cierto es que me hubiera gustado decirle algo, cualquier cosa. Soy demasiado tímido. Durante el resto del viaje permanecí en mi asiento, dormitando en ocasiones, en otras viendo V de Vendetta, en versión original, y con un acento inglés muy acentuado. Al principio me costó mucho hacerme al acento, pero poco a poco fui entendiendo más de la película, aunque no lo suficiente como para evitar perderme en ocasiones. No llegué a terminar de verla. Se me hizo un poco pesada, y me estaba empezando a entrar sueño. Me despierto y veo que estamos llegando a San Francisco. El aterrizaje resulta algo brusco, aunque supongo normal para un avión de semejante envergadura. Una vez se para el avión, me levanto para recoger mi mochila, y en ese momento la joven de mi lado comienza a hablarme. Estoy perplejo. Todo el viaje deseando hablar con ella, y resulta que es al final del todo, cuando ya no hay tiempo, el momento en el que entablamos una breve conversación. Me pregunta si me quedo en San Francisco y voy a otro destino, a lo que respondo que me quedo. Ella se dirige a Seattle. En el fondo siento una ligera decepción. Quizá mi subconsciente deseaba que ella viviera cerca de Mountain View, y así poder conocer a alguien por la zona. La miro por última vez, y me reafirmo en los preciosa que es.

Desembarcamos del avión, y durante la travesía hacia la zona de recogida de equipajes me encuentro a Thomas que se despide cordialmente de mí. Un tipo realmente majo. Ojalá todos los americanos sean así. De camino, me encuentro a María. Pasamos por el control de inmigración. Tuve que entregar dos formularios: uno blanco, en el que indico que no transporto ninguna mercancía prohibida ni llevo más de $10.000 encima, y otro verde. El tipo que me atiende tiene un aspecto curioso. Parece oriental, y tiene un tic extrañísimo en el cuello. De vez en cuando, su cabeza se sacude hacia un lado, con fuerza, como si fuera a salir volando de su cuello. Entre sacudida y sacudida de su tambaleante e inestable cabeza, me hace una foto y me toma las huellas dactilares. Después insiste en que sin visado sólo puedo permanecer noventa días en el país y que debo abandonarlo el día 26 de octubre. Después, grapa el resguardo sellado del formulario verde en mi pasaporte.

Llegando a la cinta transportadora de equipajes. Mientras esperamos las maletas, me dice que está segura de que han perdido su equipaje. Afortunadamente para mí, mi maleta aparece al poco tiempo en la cinta transportadora. Me costó reconocerla: la habían roto la barra de plástico colocada junto a las ruedas, que hace de apoyo, y le habían eliminado la etiqueta de plástico de Iberia que había colocado en el asa, para poder distinguirla fácilmente. Por suerte, mi madre me dio un pequeño candado así que, gracias a él, pude reconocer mi maleta. Por contra, las maletas de María no aparecieron. La acompañé a notificar del extravío. Era lo menos que podía hacer, y puedo imaginarme la sensación de impotencia que se siente, tanto, que es un momento que imagino a nadie le gustará tener que pasar por él, sólo, en un país extranjero y con un idioma que no se entiende con facilidad. El hombre de la ventanilla, un tipo con aspecto inglés, le pide los datos a María y le comenta que probablemente sus maletas estén ya rumbo a Brisbane y que lleguen antes incluso que ella. Después, ella marcha rumbo a su próxima conexión, yo rumbo a la salida, pero antes intercambiamos los direcciones de correo electrónico, no sin una regañina del personal de seguridad rogándonos que nos diéramos prisa en las despedidas y que nos colocásemos a un lado para no entorpecer el paso. Curiosamente, no había nadie más por allí, pero mejor no discutir con las fuerzas del orden.

Ella se marcha por la derecha, yo por la izquierda rumbo a la salida. Tras unas puertas blancas, metálicas de apertura automática, y tras girar a la derecha, me encuentro de bruces con un amplio hall y, tras unas cristaleras, la ciudad de San Francisco. Salgo al exterior en busca de un Taxi, y un amable hombre de color me pregunta mi destino. Me invita a subir a un taxi, del cual bajo un hombre, con un acento poco ortodoxo, que sube mi maleta a la parte de atrás. En la ficha del conductor veo que se llama Tareq. Le doy la dirección a la que voy, y tiene que consultar largo y tendido un plano. De hecho, una buena parte del viaje, con el coche en marcha, rodando por la autopista, seguía leyendo el plano. Menos mal que no le vio la policía. Salimos a la autopista 101, rumbo a San José. La 101 es una autovía de 5 carriles, con tráfico fluido, llena de coches típicamente americanos. Veo un coche negro, largo, amplio. Después un todoterreno con unas llantas increíblemente grandes y que, incluso yendo más de 60 mph, dejaban ver el sistema de frenado. El clima es excepcional. Hace una temperatura muy agradable, un viento fresco y contínuo, y no hace falta usar el aire acondicionado. Subo un poco la ventanilla, y observo que el coche es típico americano, con cambio automático, situado en el volante, y que permite reposar la mano cómodamente sobre la ventanilla, no sobre el reposabrazos, sino donde el cristal (que se encuentra subido a más de media altura) se introduce en la puerta, sin que mi mano roce siquiera el cristal. Lo normal, en los coches europeos, es no poder apoyar la palma de la mano en esa zona, ya que el dorso de la mano se topa con el cristal, y resulta una postura incómoda, a no ser que la ventanilla se baje completamente. Parece que estos tipos de Ford saben tener en cuenta los pequeños detalles, sobre todo los relacionados con la comodidad.

Después de un largo trayecto, llegamos al hotel donde recojo las llaves y las instrucciones para llegar a mi apartamento. Tras unas cuantas vueltas, Tareq me deja en la zona residencial donde pasaré, al menos, dos meses. Le pago, me hace el recibo, me ayuda a buscar mi apartamento y se despide cordialmente. Muy majo, aunque cualquiera puede serlo después de cobrar $110 dólares, ¿no? Me cuesta un poco localizar mi apartamento. Para acceder a él tengo que atravesar primero una puerta de cristal, con cerradura, que conduce a un conjunto de patios, con muchas plantas, unidos por pequeñas avenidas. Mi apartamento está siguiendo recto, justo al final, en el tercer y último piso, subiendo unas pequeñas escaleras de piedra que me recuerdan a las típicas de los apartamentos de playa, sólo que éstas no estaban llenas de arena de la playa. Cuando abro la puerta, me encuentro un apartamento amplio, espacioso con dos habitaciones. La mía es la de color rojo, y parece algo más grande que la otra, de color azul. Además, mi habitación tiene baño propio, dentro de ella, mientras que la otra no. También veo la terraza, no muy grande, pero con una buena vista de toda la arboleda, tras la cual se vislumbran otros apartamentos y las montañas en el horizonte. El salón es grande, equipado con dos mesas y sillones, y unido a él la cocina, con nevera, horno, microondas, lavavajillas y utensilios varios de cocina. Incluso me encuentro espaguetis, un par de cervezas, una caja de Frosties, aceite de maíz, vinagre y doritos. Supongo que serán del anterior visitante, ya que todo parece indicar que estoy sólo. La lavadora, y secadora, se encuentra en el pasillo, tras una puerta biombo abatible. Es enorme, y parece necesario un manual para poder utilizarla. Mi cama es doble, con dos cojines y dos almohadones, una colcha roja y un puf con el logo de Google, la puerta de acceso al baño privado de mi habitación, dos armarios, una cómoda, y un mueble con cajones para guardar la ropa.

La televisión tiene un montón de canales, y utiliza cable para la distribución de la señal. Ese mismo cable permite conexión a Internet, a través de un router cable o de forma inalámbrica mediante un punto de acceso NetGear. La velocidad es bastante buena, con una tasa de descarga cercana a 1 MB/s (unos 8 Mbps), aunque la subida es algo más lenta. Me pregunto qué tal iría el eMule con una conexión así, aunque mejor no lo pruebo, no sea que se presente en mi apartamento una legión de abogados de la MPAA o la RIAA — los equivalentes a la panda de ladrones de la SGAE en España.

Mountain View es una ciudad preciosa, muy verde, con un cielo azul y un clima excepcional, tanto que por el día el aire fresco no hace sentir casi el cálido verano, y por la noche refresca tanto que he de usar pantalón y camisa de manga larga para no sentir escalofríos. Las calles no son muy amplias, y los semáforos disponen de pulsadores para que los peatones notifiquen de su deseo de cruzar la calzada. Realmente creo estos pulsadores no sirven para nada, pero mantienen entretenidos a los transeúntes creyendo que, en poco tiempo, ese icono de una mano anaranjada, que impide el paso, se convertirá en la figura de un peatón blanco. En cualquier caso, se nota que América es un país hecho para los conductores: los semáforos tardan una eternidad en conceder el paso a los peatones, y la ausencia de taxis es tal que no he conseguido ver ni uno en todo el fin de semana y aunque se ven algunas bicicletas, hay pocas en comparación con Zürich, y casi ninguna moto. De hecho, hoy he ido a comprar cosas para la casa a Wallmart, unos grandes almacenes que tienen bastantes cosas, aunque carecen de carnicería, pescadería o frutería. Incluso dentro hay un McDonnalds y, dado que eran las dos de la tarde y tenía hambre, me he estrenado con mi primer homenaje de comida basura americana: patatas fritas saladas como perros, un BigMac igual que los que se sirven en España, y un vaso grande de Coca Cola. A diferencia de España, el vaso de bebida lo rellenas tú mismo, cuantas veces quieras.

Wallmart está bastante lejos del apartamento. Demasiado para ir andando y menos aún para volver del mismo modo y cargado de bolsas. Pero eso lo he descubierto y sufrido en mis propias carnes. No he comprado demasiadas cosas (leche, tomate frito, maíz, guisantes, pasta, lavavajillas, detergente, pasta de dientes, desodorante, champú, gel de baño, pan de molde, mermelada, cereales, yogures, zumo de naranja, etc.) pero eran tantas bolsas, y pesaban tanto, que mientras volvía andando pensé que no iba a ser capaz de llegar al apartamento. Y así ha sido. De hecho, he tenido que parar más de diez veces durante el camino porque me ardían las manos y me dolían los brazos, tanto que al final tuve que coger un autobús que me dejó relativamente cerca del apartamento. Los últimos han sido insufribles. Era como subir el Tourmalet en medio de una pájara. La próxima vez, compraré menos o iré en bicicleta. Aún me estoy recuperando del esfuerzo, y todavía me duelen las manos.

Cerca del apartamento está el parque Eagle, y un centro deportivo con piscina de natación deportiva. Los apartamentos disponen de piscina, pero se trata de un recinto recreativo, no pensado para hacer deporte. Cerca, está la calle Castro, con gran cantidad de locales comerciales, restaurantes, y mucha población oriental.

De momento, eso es todo por ahora. Seguiré informando desde el otro lado del charco.

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6 thoughts on “Viaje a Mountain View

  1. Cuántas cosas pueden pasar en un sólo día, ¿verdad? 😉

    … Tu familia y amigos, al igual que tú, intentábamos mantener el tipo mientras te despedías y te ibas alejando… Se estaba yendo, rumbo a las Américas, el hijo y el mejor amigo de los que allí estábamos (y de los que no tuvieron la oportunidad de ir al aeropuerto)…

    … Ahora a disfrutar de Brok… ¡digo! Mountain View, Google, yyyy ¡las americanas!.

    Por cierto, ¿cómo te pudo sorprender lo de la chica tomando un JB/cola?, parece mentira que tengas los amigos que tienes y te sorprendan esas cosas 🙂

    Cuídate y ¡te seguimos leyendo!

  2. No, si al final, además de “googlero” vas a resultar ser un Cela, vaya narración. Muy buena, me ha encantado, lo cuentas de una manera que dan ganas de ir, vamos.

    Tu sigue informando, que aquí estamos en el otro lado “al loro” de tus evoluciones 😛

    Saludos, y a por ellos !!!

  3. Buenos días, Pipe. Cómo molan las primeras horas de tu aventura Google. Qué envidia!! Ya sabes… disfruta de cada minuto allí!! Ah, y muy bien escrito el blog!! Estoy ansiosa por seguir leyendo tus peripecias.

    Muchos besos y recuerda que estamos muy orgullosos de ti.

    Mon

  4. A #1, fraskito: ciertamente, en un solo día pueden pasar muchas cosas. De hecho, el viernes me desperté a las 6AM de la mañana, hora local de Madrid, y me fui a dormir a las 10PM, hora local de California — que vienen a ser las 7AM del sábado, hora de Madrid. Si en un apenas un día me han pasado tantas cosas, imagina lo que me puede pasar en tres meses =:-)

    A #2, Sergio: Me alegra que te haya gustado la narración. Esto es bastante diferente de Europa, y cuesta acostumbrarse al idioma, y las costumbres, como el uso del coche, etc, etc.

    A #3, Mon: No te preocupes, que seguiré informando, aunque no pueda dar muchos detalles de las cosas que ocurren aquí dentro. Yo también estoy muy orgulloso de tener amigos como vosotros.

  5. Todas las razones quedan supeditadas a los hechos , los hechos arrastran para bien o para mal ( normalmente para bien ) ya que un hecho siempre nos dara pie y fundamento para poder partir de ahi , enhorabuena.

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